madeleine_maccann

Debo confesar que ningún caso de la historia policial mundial me ha tenido tan en ascuas como el caso de la pequeña Madeleine McCann, desaparecida en mayo pasado. Ha llegado a tal grado el interés que todas las mañanas tengo la necesidad de revisar la prensa y enterarme de la última declaración de alguno de los padres o de las últimas diligencias de la policía lusa. Pero..¿qué es lo que causa tal grado de interés?¿tendrá relación los trascendidos acerca de que los padres de la pequeña Maddie podrían haber sido los autores de la desaparición y supuesta muerte de su propia hija?.
Todo esto, amables lectores, no hará más que convertir en polvo mi fe en el género humano. En basura. Repentinamente , toda esperanza, todo haz de confianza en la especie a la que pertenezco se me ha desvanecido. Miro en todas direcciones sin saber ya en qué creer ni a qué salvavidas aferrarme. En esta hora terrible, en que nada de lo que un día di por verdadero queda sin hundirse, siento de golpe que todo lo sagrado, toda la compasión, toda la ternura y todo el dulzor de la humanidad han sido arrojados en el vertedero de los desechos industriales, en la negra cloaca de las cosas que sobran en esta modernidad vertiginosa y devoradora en que nos ha tocado vivir. Lo digo con un nudo en la garganta, encorvado sobre el computador, como alcanzado por una flecha, ¿Cuándo perdimos el corazón?¿en qué recovecos de la realidad nos hemos quedado sin espíritu?. La sola sospecha, fundada en pruebas forenses que apuntan a la culpabilidad de esos padres a quienes se les habría pasado la mano al sedar a su niña para que se durmiera pronto, es como una estocada en lo más hondo de mi condición humana.¿Acaso las canciones, los mágicos arrurús de antaño, los cuentos que ayer no más las madres leían a sus hijos para hacerlos dormir han sido sustituídos por jeringas hipodérmicas rebosantes de somníferos para anestesiarlos?¿el cuidado paciente y cariñoso con el que fuimos criados ha sido suplantado por letales fórmulas químicas y pócimas farmacológicas?.
Hemos visto a los padres de Madeleine ser recibidos por el Papa en Roma, apoyados por estrellas de televisión, del deporte, consolados por figuras máximas del arte y la cultura, y acompañados a cada instante por centenares de personalidades de porte mundial. Se trata pues, de un caso que ha estremecido el planeta y movilizado a las policías de toda Europa. Pero hoy ese drama parece dar, de pronto, un vuelco insospechado y amargo. No acuso ni culpo a nadie. Somos todos a la vez víctimas y victimarios, porque a la luz rojita, sangrienta, de esta verdad espantosa es toda la humanidad la que ha vendido su alma al fragor deslumbrante de Belcebú y sus casinos, sus balnearios de lujo, sus placeres inextinguibles, sus hoteles de cinco estrellas, sus cenas glamorosas. La única verdad es que estamos malditos. La tierra se ha transformado en el infierno y nos bañamos en la aguas del Leteo, ¿los hijos se han transformado en adornos?Sí ¿y en estorbos que nos impiden el pleno goce glotón de un mundo repleto de tentaciones?También. Sólo importo yo, y otra vez yo, y mil veces yo.
Cuesta, es verdad, creer en la culpabilidad de esos padres, porque cuesta creer que nosotros, a fin de cuentas, nos hemos convertido en ellos o en algo extraordinariamente parecido, aunque tengamos las manos limpias. Tanto padres e hijos, algo se nos desgarra adentro y nos dice que toda esperanza ha muerto y que el cadáver de la niña ha sido arrojado lejos, enterrado o echado a los perros. Algo nos dice que los únicos seres en que se puede confiar, los seres que velan apaciblemente el sueño de las criaturas, ya no están, ya no pertenecen a este mundo.