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Esto es privado y confidencial extrañados y amables lectores. Si usted repite estas explicaciones sobre la “eterna” mala distribución el ingreso, lo van a expulsar del club de Toby, Lulú, partido político o reunión social en que se encuentre. Al final de esta columna, le voy a contar lo que tiene que decir para prestigiarse, tranquilizar su conciencia y que lo elijan de algo.
Las malas leyes y protecciones laborales, que encarecen o prohíben trabajar, tienen en la inactividad a unos dos millones de chilenos. ¿No me cree?, observe las cifras y compárelas con otros países, ¡una vergüenza nacional!.
La insuficiente apertura comercial (sí, insuficiente) encarece los bienes de consumo popular, como los alimentos. Con variados pretextos, ciertos grupos empresariales (observar simplemente el agro) consiguen de los políticos protecciones que reducen el ingreso de los pobres. Si estuviéramos financieramente abiertos, incluída alguna modalidad de dolarización, tendríamos más crédito popular y más barato, agregado a ello financiamientos largos para la vivienda. Ésta costaría menos si se eliminaran las restricciones a la construcción, por ejemplo, en cuanto a altura y al desarrollo de las ciudades.
Y, una vez más, el emprendimiento popular casi se imposibilita por las restricciones estatales y municipales: iniciación de actividades, patentes de alcohol, baños de hombres y de mujeres, no más taxis, prohibiciones ambientales y de salud (piense amable lector solamente en la serie de restricciones que nos amedrentan a nosotros los chilenos relacionadas a la nueva ley del tabaco), persecución de vendedores ambulantes y kiosqueros, controles insuperables y caros, gastos notariales y de conservadores, impedimentos insoportables para la creación de un colegio, centros de salud, etc. Este etcétera daría para reformas “microeconómicas” interminables. Pero los políticos e intelectuales las consideran “picantes” e indignas.
El enfoque prohibicionista (antilibertad), además de corromperlo todo, implica un enorme gasto público inútil. Éste se financia con impuestos que pagan, de preferencia, los grupos medios y pobres de nuestro país, y no los “ricos” como los demagogos nos tratan de vender. Estas cargas limitan el desarrollo y el empleo, y sirven para pagar buenas rentas a políticos y burócratas.
El prohibicionismo fomenta el clandestinaje, el crimen, el delito y la inseguridad, acaso no lo entienden respetadas autoridades chilenas?. Solamente cabe observar la evolución de estos números desde mediados de los años noventa.
Ahora, si quiere quedar bien, debe decir que hay que mejorar la educación, y como esto es de largo plazo, vámonos a dormir tranquilos, luego de agregar que se deben subir los impuestos, para que los políticos gasten más. En verdad, si se cerrara el Ministerio de Educación y esa plata, más la de inspectores y burócratas inútiles, se destinara a subsidios a la demanda de la clase más modesta, en un ambiente de libertad, mejoraría la calidad en el corto plazo. Esto vale también para la salud, donde ha habido algunos programas exitosos a nivel mediático (un gran ejemplo lo constituye el programa “sonrisas de mujer” de la ex primera dama Luisa Durán de Lagos) y otros no tanto (como lo vergonzoso que ocurre actualmente con la píldora del día después), no obstante lo anterior, persisten la mala calidad y precariedad de la salud pública para la clase humilde.
Ya no es tan bien visto hablar del imperialismo, el capitalismo, la explotación y los chupasangres, no nos “ESCALONA” socialmente. Ese tipo de calificativos ya huelen rancio y son absolutamente pasados de moda. Pero, por prudencia y elegancia, no diga que este enfoque erróneo del siglo XIX capotó, aunque su nefasta influencia en las políticas sociales aún persista.
Lo que sirve a la clase más modesta no es la represión socialista, sino la libertad, el desarrollo, los bonos y subsidios directos, las oportunidades y esa mala palabra, irreproducible, de once letras, que empieza con “c” y termina con “a”. He dicho.